Un solo tema, pero estructural. Antes de entrar en los géneros (Bloque IV), hay que aclarar quién estudia qué. Las ciencias del espíritu (Dilthey, Gadamer) operan distinto a las de la naturaleza, y los estudios literarios se reparten entre tres disciplinas clásicas (teoría, historia, crítica) más una cuarta transversal (literatura comparada). Sin esta distinción metodológica, muchas preguntas quedan mal enfocadas.
Antes de catalogar disciplinas literarias hay que situar el conjunto. La teoría literaria no es una ciencia de la naturaleza: pertenece al grupo de las ciencias del espíritu (o ciencias culturales, o ciencias histórico-hermenéuticas, o humanidades, término que prefiere Ortega y Gasset).
El argumento de fondo, tomado de T. S. Kuhn (1962): el problema no es definir la ciencia, sino ponerse de acuerdo sobre las realizaciones pasadas y presentes. Los economistas se preguntan menos si su campo es ciencia no porque sepan qué es la ciencia, sino porque la economía los pone de acuerdo. Las ideas de paradigma (Kuhn) y área de conocimiento (Chalmers) justifican plenamente a la teoría literaria como disciplina con métodos precisos.
Wilhelm Dilthey (1833-1913), en su Introducción a las ciencias del espíritu (1883), busca la fundamentación filosófica de estas ciencias. Entre ellas enumera las que se ocupan de historia, política, jurisprudencia, economía política, teología, literatura o arte.
La historia es la base de las ciencias del espíritu, como muestra ejemplarmente la filología:
Un examen crítico de las tradiciones, la fijación de los hechos, la reunión de los mismos, constituye una primera y extensa labor de las ciencias del espíritu. Dilthey, 1883
Una ciencia es un conjunto de proposiciones. Dilthey distingue tres tipos en las ciencias del espíritu:
Paralelismo crucial con las disciplinas literarias: hechos = historia literaria; teoremas = teoría literaria; juicios estimativos y normas = crítica literaria. Aunque Dilthey no lo dice, la correspondencia es evidente. El propio Domínguez Caparrós lo señala expresamente.
Hans-Georg Gadamer (1900-2002), en Verdad y método (1960), añade el giro hermenéutico. Las ciencias del espíritu producen una verdad propia, no verificable con los métodos de la ciencia natural pero filosóficamente legítima.
Las ciencias del espíritu vienen a confluir con formas de la experiencia que quedan fuera de la ciencia: con la experiencia de la filosofía, con la del arte y con la de la misma historia. Son formas de experiencia en las que se expresa una verdad que no puede ser verificada con los medios de que dispone la metodología científica. Gadamer, Verdad y método, 1960
Tres lugares donde la verdad se da así, fuera del método científico:
La hermenéutica que aquí se desarrolla no es tanto una metodología de las ciencias del espíritu cuanto el intento de lograr acuerdo sobre lo que son en verdad tales ciencias más allá de su autoconciencia metodológica. Gadamer, ibíd.
La consecuencia es metodológica. Las ciencias del espíritu no deben mimetizar a las ciencias naturales. Su modelo es la formación humanística tradicional, no el método científico moderno: "lo que convierte en ciencias a las del espíritu se comprende mejor desde la tradición del concepto de formación que desde la idea de método de la ciencia moderna" (1960: 47).
Tres preguntas abren el problema:
El problema lo plantea con claridad Walter Mignolo (1989): los estudios literarios carecen de nombre propio que los identifique como conjunto. Los estudiantes, cuando dicen "estudio literatura", designan con el mismo término la práctica literaria y la disciplina que la observa. Mignolo propone como solución el término "literaturología", preferible al de "poética" (que arrastra el peso de la preceptiva clásica).
Otra solución: integrar la poética en la semiótica. Es la propuesta de Lázaro Carreter: "la poética se inserta modernamente en otro campo de estudios mucho más amplio, al que se da el nombre de semiología o semiótica". Lubomír Doležel propone una "semiótica de la comunicación literaria" como cuerpo teórico general capaz de integrar lo intrínseco y lo extrínseco.
En resumen: el problema del nombre revela el problema real, que es cómo se relacionan las distintas disciplinas que estudian la literatura. A eso responden las tres propuestas siguientes (Wellek, Reyes, Todorov).
El punto de partida sigue siendo Wellek (con Warren, Teoría literaria, 1949). En el capítulo I del manual:
La crítica literaria y la historia literaria intentan, una y otra, caracterizar la individualidad de una obra, de un autor, de una época o de una literatura nacional, pero esta caracterización solo puede lograrse en términos universales, sobre la base de una teoría literaria. La teoría literaria, un Organon metodológico, es la gran necesidad de la investigación literaria en nuestros días. Wellek y Warren, 1949
Tres puntos a retener de esta cita capital:
Wellek juega con dos pares de conceptos: orden simultáneo vs. orden cronológico, y principios de la literatura vs. obras concretas. El cuadro resultante:
La casilla vacía en el modo de la teoría literaria es significativa: la teoría puede adoptar ambos puntos de vista, sincrónico y diacrónico. Es decir, cabe una poética general y una poética histórica que estudia la variabilidad de los principios.
Alfonso Reyes, casi en la misma época que Wellek, propone un planteamiento alternativo. Para Reyes, todo estudio literario parte de la crítica, entendida como "reacción más o menos fundada en nuestras impresiones o en nuestros principios, ante la obra misma". Es la relación receptor-obra lo que funda todo lo demás (intuición que anticipa la estética de la recepción alemana de los años 70).
La crítica, según su manifestación, se desdobla en tres ramas:
Cuando, en materia literaria, la crítica se limita a registrar los hechos, se queda en historia de la literatura. Cuando define, por esquema y espectro, el fenómeno literario, es teoría de la literatura. Cuando pretende dictar reglas a la creación, autorizándose ya en la experiencia o ya en la doctrina, se desvirtúa en preceptiva. Alfonso Reyes, La crítica en la edad ateniense, 1941
Frente a la obra particular, hay tres niveles de actividad, de menor a mayor generalidad:
Punto comparativo: lo que Reyes llama ciencia de la literatura equivale a la crítica literaria de Wellek. Y la teoría de la literatura ("esquema y espectro") coincide con la teoría literaria de Wellek. La diferencia decisiva es que Reyes hace fundacional la relación con la obra: para él, toda actividad literaria arranca de la crítica entendida como relación receptor-obra.
Tzvetan Todorov, en su Poétique (1968, revisado 1973), formula la propuesta más afín al estructuralismo francés. El término poética es prácticamente sinónimo de teoría literaria.
Todorov parte de una división binaria de los estudios literarios:
Ve el texto literario como objeto suficiente de conocimiento.
Corresponde a la interpretación, exégesis, comentario, explicación, lectura, análisis o crítica.
Su objetivo: "dar nombre al sentido del texto examinado".
Su drama: nunca llega al sentido, sino a un sentido, sometido a contingencias históricas y psicológicas.
Su objetivo no es el sentido sino las leyes generales de las que el texto particular es producto.
Corresponde a los estudios psicoanalíticos, sociológicos, filosóficos. Equivale a los acercamientos extrínsecos de Wellek.
"Niegan el carácter autónomo de la obra literaria y la consideran como la manifestación de leyes que le son exteriores".
La poética se sitúa entre las dos actitudes:
El objeto de la poética no es la obra individual, sino las propiedades del discurso literario. La obra es manifestación de una estructura abstracta más general:
Esta ciencia se preocupa, ya no de la literatura real, sino de la literatura posible, en otras palabras: de esta propiedad abstracta que constituye la singularidad del hecho literario, la literariedad. Todorov, Poétique, 1968
La finalidad de la poética: proponer una teoría de la estructura y del funcionamiento del discurso literario. Todorov fundamenta el uso del término en Aristóteles ("la Poética no era otra cosa que una teoría concerniente a las propiedades de ciertos tipos de discurso literario") y en los formalistas rusos.
En el fondo, observa Domínguez Caparrós, el planteamiento de Todorov no está tan alejado del de Wellek como podría parecer: ambos defienden la teoría literaria como estudio inmanente, intrínseco y abstracto, complementario de la crítica y la historia.
Wellek define la teoría literaria como "sistema de principios y teoría de valores" (1963). Tres rasgos:
Fokkema e Ibsch añaden que la teoría debe construir "una reserva de conceptos universales o, al menos, generales". Si no hay leyes universales claras, al menos hay relaciones de carácter general que están siempre presentes: originalidad-tradición, forma-contenido, ficción-realidad, emisor-destinatario, combinación-selección de materiales.
Estas cuatro observaciones son las que sustentan el curso entero: cuestiones generales (definición de la literatura, disciplinas), géneros, lengua literaria. La historia de las escuelas se trata en otro lugar.
En sus Elementos de teoría crítica (1964), Shumaker propone una definición muy general: crítica es cualquier examen inteligente sobre literatura. Lo importante son las dos operaciones que practica: análisis y valoración. Su objetivo último (la "comprensión total y valorativa") es presentado como inalcanzable: el cap. II del libro se titula significativamente "El fin que se aleja". La salida es aceptar limitaciones, tanto en la valoración como en el sujeto crítico.
Texto capital: Critique et vérité (1966). Para Barthes, la crítica y la ciencia literaria son los dos discursos sobre la obra. La crítica da a la obra "un sentido particular mediante un lenguaje intermediario", a diferencia de la lectura, que es "donación silenciosa de sentido".
La crítica no busca el fondo de la obra, sino que continúa sus metáforas bajo tres reglas:
De ahí que la crítica se convierta en creación, no simple comentario:
El sentido que da con pleno derecho a la obra no es finalmente más que una floración de los símbolos que constituyen la obra. Barthes, Critique et vérité, 1966
Ambos coinciden en la actitud frente al relativismo: una crítica consciente de los límites de su método y de los valores que están funcionando en sus juicios. La crítica necesita a la teoría, y a la inversa. Fokkema e Ibsch lo formulan así: una posición hermenéutica que solo interprete obras individuales y rechace toda generalización no podrá hacer avanzar la comprensión del proceso literario.
Hacer historia literaria presupone tener un concepto de literatura. Genette propone la historia literaria como historia de las formas literarias, y la hace depender de la teoría literaria. Mignolo insiste en lo mismo: "sería difícil hacer historia en un campo específico sin saber de qué se hará la historia".
Desde el romanticismo hasta hace poco, la historia literaria era el modo de estudio intrínseco por excelencia, casi la única ciencia literaria. Entra en crisis (en su forma de catálogo de obras y autores) cuando el estudio formal de la obra gana terreno.
La teoría literaria se ha preocupado de las leyes generales del cambio de las formas literarias, como muestra el formalismo ruso (recogido por la estética de la recepción) y el desarrollo de Felix Vodicka en Praga. También define conceptos clave: período, estilo, generación.
Movimiento de los años 80, ligado al funcionalismo. Su representante más conocido es Stephen Greenblatt. Cinco supuestos:
Se trata de una poética cultural, ligada al materialismo cultural de Williams, a Foucault, al marxismo y a los estudios culturales. "La historia literaria es siempre la historia de la posibilidad de la literatura" (Greenblatt, 1997).
Debate reciente, ligado a la historia literaria y la literatura comparada. Canon viene de los estudios clásicos y bíblicos: norma, regla, modelo. Lista de autores y obras dignos de estudio. Las posiciones extremas:
Cuarta disciplina, transversal a las otras tres. Plantea problemas de definición: la comparación entre literaturas existe desde la antigüedad (latina frente a griega), pero entonces la disciplina abarcaría demasiado.
Comparative literature is still a controversial discipline and idea. Wellek, 1970
Claudio Guillén: la literatura comparada se ocupa de las "propiedades de la comunicación literaria, de sus cauces primordiales, de la metamorfosis de géneros, formas y temas", y reflexiona sobre la historia literaria, su carácter y condicionamientos. Es disciplina puente entre teoría e historia.
El nacimiento se fija en el siglo XIX, con obras como De l'Allemagne de Madame de Staël (1810) y la Histoire de la littérature du Midi de l'Europe de Sismondi (1813). Domínguez Caparrós añade un dato: la obra anterior del P. Juan Andrés, Origen, progresos y estado actual de toda la literatura (1782 en italiano, 1784 en español), contiene ya abundantes elementos comparatistas, e influyó en Sismondi.
Goethe formula el horizonte utópico de la disciplina en 1827, en conversación con Eckermann: "La literatura nacional no significa gran cosa, y todos debemos contribuir a apresurar el advenimiento" de la Weltliteratur, literatura universal. La comparada es así, en sentido etimológico, una utopía: una disciplina sin lugar fijo, que oscila entre teoría e historia.
El tema 6 no suele ser el foco directo de la pregunta 2 (es metodológico, no temático), pero ofrece un marco que puede aprovecharse cuando el pasaje toca cualquier cuestión general de cómo estudiar la literatura. Tres conexiones útiles:
Tirar del hilo de las ciencias del espíritu (Dilthey, Gadamer): la literatura produce una verdad propia, no verificable por el método de las ciencias naturales pero filosóficamente legítima. La experiencia de verdad del arte, según Gadamer, es lo que justifica que las disciplinas literarias sean ciencia de otro modo. Esta concepción hermenéutica permite responder preguntas sobre el estatuto metodológico de la teoría literaria sin caer ni en cientifismo (querer imitar a las ciencias naturales) ni en relativismo (negar todo rigor).